PRINCIPIOS DIDÁCTICOS GENERALES DE LA SELECCIÓN TEMÁTICA

En el fondo nos encontramos con la misma situación al contemplar los principios tradicionales del realismo y de la significación vital.

  1. a) El principio de realismo en cuanto a los contenidos didácticos

Ya hablamos, en otro lugar, del principio de realismo señalando, citando a Spranger, la ambigüedad de esa exigencia. Esto se refiere, ante todo, a los bienes formativos próximos a la vida. Generalmente se concibe ese realismo de acuerdo con el principio de actualidad, comprendiendo por ello, en sentido negativo, la eliminación de temas anticuados que para nuestra época y su vivencia ya no significan nada. Nuestra escuela verdaderamente no tiene fama de encontrar fácilmente el acceso a semejantes temas de actualidad. Como por mera inercia, contenidos anticuados desde hace mucho se siguen arrastrando de programa en programa a pesar de toda la escasez de tiempo y superabundancia temática. Por haber sido materia de enseñanza alguna vez, se continúan trasmitiendo su significación vital para los niños de hoy ya sea bastante problemática y, por ende, otros contenidos, más importantes, tengan que descuidarse.

Así, por ejemplo, la historia dela antigüedad y de la edad media se estudia muchas veces, lamentablemente, que, por falta de tiempo, los temas actuales, que siempre que la historia no haya ya terminado antes, a más tardar a principios de siglo. La formación literaria sigue nutriéndose con preferencia en la literatura clásica y en lecturas que alguna vez fueron válidas y necesarias, mientras que toda la literatura actual se pasa por alto.

La historia natural se ocupa en experimentos físicos que hoy, en un mundo regido por la técnica, ya no significan gran cosa. Sería fácil confeccionar una larga lista de tales temas anticuados. “Preguntémonos alguna vez sin ambages si, bajo el criterio de su significación para el futuro, el estudio de los distintos niveles culturales prehistóricos o los detalles de la invasión de los bárbaros, el conocimiento… de los ríos de España, de la sistemática botánica, de la mayor parte de las operaciones con fracciones comunes, grandes partes de la gramática tradicional, el aprender de memoria el orden de los libros de la Biblia, etc., se justifican todavía… En cambio, examínese qué sabe el término medio de nuestra población, por ejemplo, del comunismo, del estallido de la última guerra, de la distinta confesión religiosa de sus congéneres, si dispone de vivos criterios estéticos que rijan la elección de su ropa, la instalación de su vivienda, la elección de sus programas de cine o radio. Y preguntémonos qué estamos haciendo, en la escuela, en favor de los apremiantes problemas del presente y futuro que acabamos de señalar”.

Se entiende que al poner de relieve la proximidad temporal de los bienes formativos aún no se ha dicho nada decisivo respecto de su “realismo”.

  1. b) El principio de la significación vital de los bienes formativos

El principio de realismo adquiere otro matiz si lo miramos al mismo tiempo desde el ángulo de la significación vital de los contenidos didácticos para la vida espiritual de los niños.

Este principio no se identifica con una actualidad meramente temporal Una cuestión histórica o geográficamente remota también puede ser, en uno u otro caso, interesante y significativa para el alumno, sobre todo en la edad de “Robinson”, puede fascinarlo, despertar su afán de investigar y preguntar y corresponder a su sed de vivencias.

Con esta exigencia de los contenidos didácticos significativos nos dirigimos, ante todo, contra las vivencias significativas falsas que la escuela, lamentablemente, planta en las cabezas de nuestros niños. El aprendizaje escolar aparece a la conciencia juvenil muchas veces demasiado “ligado a la escuela”, es decir, que se aprende a pesar de todas las protestas contrarias de los maestros en primer lugar no para la vida futura, sino, ante todo y primordialmente, para la escuela, para el boletín, para el examen; se trabaja porque es necesario y por obligación. Por cierto será muy difícil cambiar estas motivaciones, por cierto ninguna escuela podrá prescindir de un minucioso sistema de valoración, pero el peligro reside en esto: cuanto más acentúe la escuela esos factores que se entrometen entre el bien formativo y el niño (boletín, promoción, examen), tanto más se afianzará en el alumno la opinión de tener que aprender únicamente para la escuela, de despreciar las necesidades vitales y de creer que más tarde, en la vida real, se trataría de cosas muy distintas, que en clase no se aprenden o sólo en forma insuficiente.

Por eso, ya al elegir los temas, el·maestro tendrá que plantearse una y otra vez preguntas acerca de la significación vital de los mismos. Tendrá que preguntarse: ¿Qué papel desempeñaba ese contenido anteriormente en la vida del niño? ¿Qué saber previo, qué preguntas, qué soluciones traerá a la escuela? Y ante todo: Por qué precisamente este tema? ¿En qué consiste su valor formativo general con miras a la vida futura del niño? ¿Cómo puedo llevar el tema, si no despierta de por sí el interés espontáneo del alumno, dentro del horizonte interrogativo del niño?

El ambiente significativo

En términos generales, esa esfera de temas significativos puede caracterizarse así: Es ante todo el mundo de experiencias y vivencias del niño, la realidad del hacer y experimentar que tiene “a mano”, del vivenciar y percatarse, ese mundo del “contacto utilizador y manipulador”. Todo niño lleva siempre dentro de sí un círculo de imágenes y preguntas vivas; mas como ese ámbito de experiencias y vivencias no es un capital muerto, sino que está siempre abierto, siempre pronto a ser enriquecido y corregido, tenemos que partir de él. Más esencial e importante que la posición que ocupa el tema dentro del sistema científico, es la elección del bien formativo conforme a su importancia para el niño. El efecto formativo no depende de que el tema sea tratado íntegramente, sino de su influencia formativa sobre el alumno y sobre la capacidad de su crecimiento espiritual. En la medida en que consigamos tratar, presentar o incluso imponer los contenidos didácticos no sólo como temas “escolares” y en forma “escolar”, sino como problemas, fenómenos y hechos naturales, nacidos de la situación misma, vale decir, hacerlos “problemáticos” en el mejor de los sentidos, en esa misma medida hacemos educación y no sólo trasmisión de saber.

 

Related Post