EL MAESTRO EN LA CONVERSACIÓN INSTRUCTIVA

Qué conducta adoptará el maestro en la conversación instructiva Por libre que sea la conversación, no puede prescindir de una dirección, pues correría peligro de degenerar en un parloteo sin ton ni son. Pero la medida en que el maestro interviene o se abstiene de intervenir, depende de la participación de los alumnos. Muchas veces no es fácil encontrar el buen camino entre dirigir y dejar crecer. De todos modos, el maestro tiene que dominar también el difícil arte de guardar silencio, de mantenerse a la expectativa, vale decir que, por una parte, debe favorecer por todos los medios el flujo de la conversación, conservar la locuacidad y las ganas de preguntar, pero, por la otra, no debe perder las riendas de las manos.

Lote Müller dice al respecto:

  1. a) Conversación “caótica”: “La clase es una suma, no una unidad. Surgen ideas, muchas veces no son más que ocurrencias; nadie las recoge, se desvanecen sin dar ningún resultado. De tema en tema se precipita el joven espíritu, pica un poco aquí, descansa un momento allá, sigue revoloteando, buscando lo nuevo, siempre lo nuevo, y, sin embargo, carece de meta ese vuelo. Falta el esfuerzo serio, la lucha, la profundización.”
  2. b) Conversación “estructurada”: “La clase es una comunidad: nace una idea, llama a otras; los niños se enfrentan con ella… la siguen desarrollando, la valorizan, la coordinan, la meditan, la profundizan, tratan de seguirla hasta sus últimas consecuencias, y luego se proponen un nuevo objetivo.”

La actividad del maestro en el arte de la dirección conversacional puede describirse sólo en términos generales. Depende enteramente de la situación existente; sólo el “instinto” metódico y el reconocimiento de la situación pedagógica pueden indicar el buen camino. Como reglas generales pueden indicarse:

La conversación se desarrolló el maestro se detiene, se domina, se la favorablemente: calla.

La conversación se atasca: el maestro sigue esperando si la pausa estimula nuevas ideas. Después interviene, primero en forma leve, luego más intensa.

La conversación se desvía: el maestro espera (también los caminos errados son caminos de conocimiento). Sólo cuando existe el peligro de la superficialidad y la aberración completa, dará la dirección.

En la aplicación de todas esas intervenciones de orientación, directas e indirectas, según la situación y el tema, en la acertada selección de los medios conducentes a una dirección inteligente y cuidadosa de la conversación, se realiza un arte elevado del maestro. Conducir a una clase locuaz, con mano suave pero segura, a resultados valederos, es una de las tareas más hermosas de nuestra profesión. Cada maestro tendrá que dar el ejemplo con su manera de contribuir a la conversación; puede plantear problemas parciales, llamar y retener, elogiar y censurar, exhortar a los cómodos, alentar a los tímidos, tener a raya a los petulantes. Intervenir sólo cuando la situación exige realmente la opinión del maestro, es mucho más difícil (sobre todo para el maestro novel) que enseñar precipitadamente. Ese arte de hacerse superfluo a uno mismo y, sin embargo, estar presente en todo momento cuando sea necesario, requiere mucha abnegación y paciencia, pero, por supuesto, también experiencia e instinto.

LOS VALORES FORMATIVOS Y LOS LIMITES DE LA CONVERSACIÓN INSTRUCTIVA

La gran importancia y los valores formativos de la conversación instructiva ya han sido puestos de relieve reiteradas veces:

La importancia didáctica:

Cuando en la enseñanza se consigue llegar a conversaciones genuinas y naturales, sean de índole libre o dirigida, logramos, en conjunto, una animación de la labor escolar y, al mismo tiempo, una profundización de los efectos didácticos. Por eso, la existencia de buenas conversaciones instructivas, igual que la de preguntas auténticas de los alumnos, pueden considerarse como prueba y medida de una labor escolar moderna y ejemplar. En cambio, si se enseña en forma aburrida y anticuada, no hay conversaciones. Pero cuando, por la mera convivencia de la comunidad de la clase, se dan auténticas “situaciones estimulantes del estudio”, se produce el encuentro formativo entre el niño y los temas originados en su propio mundo. Esto cumple plenamente con el principio de la adecuación al niño, porque el niño podrá ser un verdadero interlocutor únicamente cuando pueda contribuir con ejemplos, suposiciones y soluciones provenientes de su propio pensar y vivir. Entonces se desencadena la actividad del alumno. Toda conversación auténtica es un verdadero desafío en este sentido; se ejercita la capacidad crítica, ya que el alumno tiene que aprender a distinguir entre lo propio y lo impropio, lo verdadero y lo falso.

 

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