
El movimiento de la escuela activa pone en duda que la enseñanza llamada “de interrogación y desarrollo” deje lugar a la actividad infantil y al trabajo independiente. Hugo Gaudig tilda a la pregunta del maestro como “el medio más dudoso de la formación espiritual” o “una brutalidad”, “el peor enemigo de la actividad independiente” “No puedo creer en el saneamiento de nuestra escuela alemana mientras no se haya quebrado el despotismo de la pregunta”. Los ataques se dirigen especialmente contra el llamado interrogatorio “punteado”, contra la “cadena de preguntas” y contra el “tableteo interrogativo”. De la índole y forma de la pregunta del maestro puede desprenderse generalmente la respuesta sin gran esfuerzo. Se pregunta tan sólo por partes y partículas, por “puntitos”. Dice Karstädt: “El método de la pregunta o conversación didáctica de desarrollo… no aporta ninguna solución al deber de desencadenar las propias fuerzas de los alumnos en la lucha con los contenidos didácticos.” “Si el maestro hace pregunta tras pregunta hasta haber agotado el tema y logrado su propósito, entonces ha guiado al alumno. No se ha tratado de ningún movimiento propio hacia la meta; el alumno no la tenía presente, no ponderaba las maneras de acercársele, no despertó dentro de sí la energía requerida por el comienzo del trabajo, no recibió esa energía por su propio esfuerzo…” “La pregunta mata o, por lo menos, pone en grave peligro la espontaneidad, la actividad propia, la originalidad. Dirige. Empuja, incita, hace correr hacia una meta generalmente desconocida, y sin embargo sería suficiente dar al espíritu sólo el motivo y la orientación del razonamiento”. A éstas se agrega otra objeción: La pregunta del maestro es una forma artificial típica de la enseñanza, una forma escolar ficticia del intercambio espiritual “que la vida apenas conoce. En la vida no nos pregunta aquél que quiere hacernos saber lo que él sabe, sino el que pregunta quiere saber de nosotros lo que él ignora”.
SE JUSTIFICA AÚN LA PREGUNTA DEL MAESTRO EN LA ENSEÑANZA
La pregunta por la justificación o la limitación de la interrogación didáctica no puede contestarse de una manera general. Ciertamente sustituiremos, dentro de lo posible, la pregunta por el estímulo a razonar, pero en ciertos casos, la pregunta del maestro nos parece perfectamente en su lugar. Porque también las formas naturales de encuentro en la vida conocen la pregunta en función de averiguación. Lo que rechazamos es la pregunta “escolar” aparente y la °cadena de preguntitas”. La pregunta del maestro también tiene que someterse a las reglas del encuentro natural. Si cumple con este cometido, se justifica; si en su forma y función artificiosas sirve, en cambio, tan sólo a un árido mecanismo escolar, ha de ser impugnada seriamente. Es, pues, imaginable que en un caso dado una pregunta puede dar un resultado importante, mientras que en otro su valor no es más que aparente. Todo depende de su posición íntima, sentido y función. Lo que decide en primer lugar no es la corrección exterior, sino el motivo de interrogación expresado por la pregunta. La autenticidad de la necesidad de preguntar y del deseo de saber decide sobre su valor o futilidad, su justificación o falta de derecho.
LOS TIPOS DE PREGUNTAS DEL MAESTRO
El valor formativo de las preguntas, que suelen hacerse en gran número en la enseñanza común, puede ser muy diverso. Ya el volumen del contenido por el cual se pregunta, puede diferir: la respuesta requerida puede constituir un razonamiento independiente, o meramente una perogrullada fácil de adivinar. Pero también el motivo que induce al maestro a hacer la pregunta, puede variar mucho, según la situación.
Si por principio vemos, como lo dijimos, la esencia de la pregunta genuina en el hecho de que el que no sabe pregunta por algo que le interesa, o sea, si el motivo auténtico es un deseo de saber del interlocutor, entonces llegamos a establecer, entre la gran cantidad de preguntas posibles del maestro, la siguiente distinción:
En toda enseñanza se dan:
- preguntas verdaderas y genuinas que se hacen por desconocimiento e ignorancia, pero con el deseo de comunicación y averiguación acerca de sucesos presenciados o experiencias hechas, para aprovecharlas en la enseñanza;
- preguntas aparentes, meramente ficticias, no motivadas directamente por lo “preguntado” (porque uno mismo está en posesión del saber), sino que sirven para el examen, el control y el repaso.
A este segundo grupo pertenece la gran mayoría de las preguntas del maestro en clase. Por cierto, hay transiciones y casos límite. (Por ejemplo, si el maestro pregunta por la solución de un problema, se entiende que él la conoce; lo que desea averiguar es el grado de comprensión del niño. En cuanto a la forma, la pregunta es ficticia, pero en cuanto al motivo, es auténtica.)



