
Luego de haber fijado y circunscripto el lugar pedagógico de la enseñanza dentro de la estructura total de la formación humana, en la cual la instrucción didáctica ocupa solamente un sector parcial, aunque muy importante, planteamos ahora la pregunta por la enseñanza misma, su naturaleza, sus características, su estructura íntima.
No es fácil contestar a esa pregunta, debido, aunque más no fuere, a la multiplicidad de la tan variada labor didáctica actual. Porque un enunciado obligatorio y universalmente válido al respecto tendría que contener las características comunes que sirven de base a todas esas formas. ¿Más será posible, en vista de la gran diversidad de los estilos pedagógicos modernos, señalar las características comunes de la enseñanza?
La respuesta a nuestra pregunta se hace más difícil aún por el hecho de que también las actitudes pedagógicas, fundamentos de toda enseñanza, difieren en la misma manera como los objetivos tan dispares que hoy en día se atribuyen a la enseñanza escolar. Así, por ejemplo, para señalar sólo dos actitudes diferentes, una “escuela de formación”, cuya misión es la auténtica formación del hombre y la trasmisión de un saber formativo útil para la vida, muestra una estructura muy distinta que una escuela de “trasmisión de saber y de conocimientos”.
¿No es posible señalar, ante esa controversia de opiniones pedagógicas y didácticas, por lo menos las características formales, comunes a toda correcta forma instructiva, que están contenidas esencialmente en toda buena didáctica y la destacan? Creemos que las hay.
a) Enseñar e instruir. Una primera determinación definitoria de la enseñanza podemos lograrla por una delimitación de los conceptos de enseñar (lehren)e instruir (unterrichten). Ambos son, evidentemente, actividades muy afines que tienen mucho en común. En efecto, enseñar e instruir son actualmente conceptos que se tocan y sobreponen ampliamente, más sin llegar a ser idénticos. Para el uso práctico podemos determinar cómo sigue la relación íntima entre esas dos actividades fundamentales del maestro:
- Enseñar (en su sentido amplio) abarca más que instruir:
También la vida “enseña”, no sólo la escuela. Hay muchas formas de ese enseñar y aprender extraescolares: el maestro artesano “enseña” a su aprendiz, la madre al hijo, el profesor a los estudiantes. A ello se agregan las formas de enseñanza por la vida misma: las condiciones sociales y los órdenes de la vida “enseñan” a su manera.
Por otra parte, la enseñanza escolar no es más que una parte de la instrucción. Porque no toda instrucción es simplemente “enseñar”. Con el concepto restringido de la enseñanza escolar asociamos, hoy en día, la idea de un sector pedagógico, a saber, la trasmisión preeminentemente expositiva de conocimientos en forma de narración, relación, descripción e información.
. Es cierto que aún hoy el concepto de la enseñanza escolar no es inequívoco porque está gravado por distintos desarrollos históricos. Toda la confusión de conceptos se pone en evidencia, por ejemplo, en el hecho de que hablamos de “métodos de enseñanza” pero pensamos en formas de instrucción, hablamos de “medios de enseñanza” pero los usamos como medios de instrucción, nos Lamamos “docentes” pero concebimos en forma mucho más amplia nuestras actividades educativas y didácticas.
- Instruir es más que enseñar
El maestro que instruye los alumnos de una clase quiere más y otra cosa que el sabio, el docente que “enseña” sin tomar en consideración a sus alumnos. La actividad del maestro que instruye es más abundante en características y contenido. Dice Willmann: El que enseña hace accesible un contenido del saber o de una habilidad el que instruye lo hace penetrar en la mente de los niños”. A veces el profesor universitario, por ejemplo, puede limitarse a trasmitir el tema y el saber. No es de su incumbencia si y cómo los contenidos se comprenden y retienen. En cambio, quien instruye tiene que configurar su trasmisión del saber y labor formativa de acuerdo con determinados y elegidos puntos de vista metódico didácticos, con miras al alumno que recibe. Todo maestro tiene que dar forma a sus lecciones tomando así en consideración al niño y el tema, el proceso y el efecto formativos. Ello presupone su conocimiento de las distintas formas didácticas para poder variar su labor con arreglo a las exigencias especiales. Tiene que dominar, además, el manejo acertado de los medios de instrucción necesarios para adaptar, también en este aspecto, los procedimientos metódicos a las peculiaridades de la materia y del objeto de la instrucción. Y finalmente, una buena y eficiente instrucción ha de cumplir con una misión más elevada aún: el alumno no sólo ha de ser “enseñado”, ejercitado, convertido en conocedor, sino que por medio de esa instrucción deben formarse en él genuinas actitudes axiológicas y conductas permanentes. Así se entiende claramente que el concepto de formar está emparentado más con el de instruir que con el de enseñar.



