
La velocidad a la que se renueva el saber se convirtió a los sistemas educativos en el factor que separa a las economías competitivas de las que quedan al margen.
La fuente de la riqueza de las naciones cambió de naturaleza, y la educación quedó en el centro de esa transformación. Si antes el poderío de un país dependía del número de fábricas, la extensión de su territorio y la cantidad de máquinas, hoy descansa sobre el conocimiento y las habilidades de su capital humano, según el enfoque económico que sintetiza un trabajo académico de la Atlantic International University a partir de la literatura del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Grandes fortunas actuales se sostienen sobre una patente o una marca, como ocurre con compañías del tipo de Microsoft o Coca-Cola, donde el valor reside en un activo intangible y no en una planta industrial.
Esa mutación impuso una exigencia nueva a los sistemas de enseñanza. Se estima que el volumen de conocimiento disponible se duplica aproximadamente cada cinco años, un ritmo que obliga a las instituciones educativos a revisar de manera permanente sus programas para no quedar desactualizadas. El mercado laboral, en paralelo, demanda recursos humanos de alta calidad que solo pueden surgir de sistemas educativos bien calificados, capaces de adaptarse a un cambio acelerado.
De la economía de manufactura a la economía del conocimiento
El paso de una economía basada en la manufactura a otra basada en el conocimiento reordenó las ventajas competitivas entre países. Las economías que generan, aplican y difunden conocimiento atraen inversión extranjera, innovan más rápido y amplían su acervo tecnológico, mientras que las que no logran sumarse a ese esquema quedan relegadas, con consecuencias que el Banco Mundial asocia a mayor pobreza, baja matrícula y mortalidad infantil más alta. La distancia entre los países ricos y los pobres, según ese diagnóstico, se agudizó en las últimas décadas precisamente porque la riqueza pasó a inclinar en función del conocimiento.
La calidad medida en aprendizajes, no en años
El componente que más pesa en este esquema es la calidad, entendida como las competencias efectivas que adquieren los estudiantes. El economista Eric Hanushek mostró que las aptitudes matemáticas y científicas, medidas en pruebas estandarizadas, guardan una relación directa con el crecimiento: unas diferencias en los resultados de esos exámenes se traducen en variaciones de la tasa anual del producto interno bruto per cápita. El efecto compuesto es notable: un incremento sostenido en la calidad educativa puede derivar, a lo largo de cincuenta años, en un ingreso considerablemente más alto para el conjunto de la economía.
Ese hallazgo tiene una implicancia practica para los individuos. Cuanto mayor es el puntaje de una persona en una prueba normalizada, mayor es la probabilidad de que percibía un buen salario, una relación que vincula directamente la calidad de la formación recibida con la productividad y remuneración en el empleo.
La educación superior como motor pendiente
En la economía del conocimiento, la educación superior ocupa un lugar estratégico, porque es la encargada de formar a los recursos humanos que impulsan la innovación tecnológica. El Banco Mundial llegó a sostener que la riqueza o la pobreza delas naciones dependen, en buena medida, de la calidad de su educación superior. Sin embargo, en muchos países en desarrollo ese nivel funciona apenas de manera marginal: la mitad de los estudiantes de educación postsecundaria del mundo pertenece a economías en desarrollo, donde con frecuencia enfrentar docentes con calificaciones insuficientes, baja remuneración y planos de estudio de calidad despareja.
La salida que plantea el enfoque económico pasa por ampliar la matrícula superior y, sobre todo, su calidad, orientándola a generar conocimientos y habilidades especializadas, a preparar los estudiantes para una formación continua que les permita seguir el ritmo del cambio tecnológico ya promover la investigación científica desde etapas tempranas de la formación.
Una carrera que no admite pausa
El riesgo para las economías en desarrollo es quedar fuera de un circuito que secada vez se mueve más rápido. La revolución del conocimiento exige educar a los jóvenes en estándares más altos para sostener la competitividad, y los países que no organizan sus sistemas educativos en torno a esa meta corren el riesgo de ampliar la distancia que los separa de las economías avanzadas.
El indicador a seguir en los próximos años será la capacidad de cada sistema para convertir matrícula en competencias reales, el punto donde la economía del conocimiento premium o castiga. De esa la traducción dependerá si un país participa en la creación de valor intangible que hoy concentra la riqueza o si se limita a consumir tecnología desarrollado por otros.


