Las Causas de la Certeza

La certeza del conocimiento no puede explicarse y justificarse sino en función a la vez del objeto y del sujeto. Esto equivale a decir que la certeza tiene causas objetivas y subjetivas. La objetividad del conocimiento está garantizada por una actividad vital y asimilarte concedida por la naturaleza al entendimiento. Ninguna forma cognoscitiva puede reducirse a una simple copia del original: tanto en la idea como en la imagen hay una actividad de elaboración que supera en mucho a la simple copia. La hipótesis del conocimiento entendido como una copia no significa, pues, nada inteligible. Conocer significa esencialmente el ejercicio de una actividad vital por la que el conocimiento toma posesión del objeto y lo asimila en cierto modo a su propia sustancia, asimilándose asimismo a él. Esta asimilación es verdaderamente el nacimiento del objeto a otra forma de “ser” distinta de la suya en cuanto sujeto: “El consciente y lo conocido como dice Santo Tomás son el principio único del acto del conocer”. Una cosa cualquiera puede existir como realidad de naturaleza, fuera de la mente y como realidad intencional, en el que conoce. En el acto de conocimiento, la cosa misma, en cuanto conocida, es idéntica a la realidad extramental; se tiende un puente, se crea una presencia, surge una relación por la cual, según la fórmula de Aristóteles, la inteligencia “en acto” es lo inteligible “en acto”. El conocimiento humano comporta un devenir, un llegara ser otro en cuanto otro. De aquí ha surgido la famosa definición de la verdad, de Santo Tomás: Conformidad del espíritu con el “ser”, en cuanto dice “ser” lo que “es” y no “ser” lo que no “es”.

Como puede verse, la idea de copia o de calco es sumamente pobre para expresar lo que significa el conocimiento; el sentido de la relación de conformidad a acomodación de la inteligencia a la cosa es expresado por la idea de proporcionalidad; en efecto, cuando el espíritu afirma, por ejemplo, que las piedras son insensibles está en la verdad porque la manera como afirma la relación de las piedras a la insensibilidad corresponde a la manera como las piedras ejercen “en acto” la existencia de insensibles. En el acto de juzgar en el cual radica la razón de verdad la inteligencia se pronuncia sobre el “ser” de las cosas, afirma esencialmente que dos conceptos o dos esencias, distintos en cuanto objetos de pensamien.to (piedras e insensibilidad, en el ejemplo), identificase de hecho en la existencia (real o posible). Cada cosa en su realidad encierra muchos aspectos, asumidos todos por un mismo ser o ejercidos por un mismo sujeto; a la composición metafísica corresponde una composición mental; ésta se hace en el juicio en donde propiamente acaba el conocimiento, preparado, a su vez, por la simple aprehensión de las esencias. Esto equivale a decir que el conocimiento no termina sólo en la impresión representativa. En este momento existe la presencia intencional de la cosa o sujeto capaz de conocer como condiciones indispensables del conocer. Es preciso que, además, se produzca la concepción del verbo mental o concepto. Con esto se pone en evidencia que, si se pretende explicar el conocimiento por la pura determinación subjetiva. es decir, por el objeto solamente. como lo hacen los empiristas, equivale a concebirlo según el modelo mecánico y a prescindir de la inteligencia. Toda la esencia del concepto es el significar; por eso él nos brinda ni más ni menos que la cosa misma extramental significada; para conocer el concepto como objeto de conocimiento es menester añadir después una reflexión especial. EI acto de intelección, al terminarse en el concepto, termina en la cosa misma en la condición abstracta e inmaterial que es el concepto. No hay duda de que el conocimiento es una operación inmanente; pero el objeto, que es el término inmanente del conocer, forma un solo término con la cosa extramental.

Naturaleza y Causas del Error

Esta concepción del conocimiento, que expresa su inmanencia y su trascendencia, es apta para explicar satisfactoriamente los errores del conocer. En efecto, los aspectos del ser inteligible son tan múltiples que la inteligencia, para definir el “ser” de las naturalezas complejas, debe someterse a análisis, comparaciones, clasificaciones, razona gran margen de posibles errores en la formación de los conceptos y en la enumeración de los juicios. Es un hecho que, por síntesis defectuosa, una definición que enuncia una esencia verdadera es enunciada falsamente de una cosa a la cual no conviene (cuando se aplica a la Tierra la idea verdadera de superficie plana). Además, sucede con frecuencia que los nuevos conceptos, gestados en el quehacer científico progresivo, llevan la marca de conceptos antiguos, lo cual hace que no correspondan sino imperfectamente a las realidades extra mentales. No siempre la inteligencia separa lo que está separado y une lo que está unido; por eso hay juicios erróneos. Por lo tanto, el error, como la verdad, es siempre relativo al “ser”, en cuanto afirma como dadas en la existencia (real o posible) realidades que no lo están o no pueden estarlo. Téngase muy en cuenta, sin embargo, que no cabe la posibilidad de error en el caso de los primeros principios; en ellos la inteligencia se ejerce con una infalibilidad absoluta: en tal caso, el conocimiento es verdadero o no hay conocimiento alguno. La síntesis de tales juicios se hace sin labor alguna y a impulsos de una intuición inmediata. 

 

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