Estudio de la ciencia

Que las cosas de la educación, consideradas desde cierto punto de vista, pueden ser objeto de una disciplina que presente todos los caracteres de las demás disciplinas científicas, es, para empezar, lo más fácil de demostrar. En efecto, para que se pueda llamar ciencia a un conjunto de estudios, es necesario y es suficiente que presenten los caracteres siguientes:

1° Es preciso que se refieran a hechos incontestables, realizados, pasibles de observación. 

2° Es preciso que esos hechos presenten entre sí una homogeneidad suficiente para ser clasificados en una misma categoría. Si fueran irreductibles los unos a los otros, habría, no una ciencia, sino tantas ciencias diferentes como especies distintas de cosas a estudiar. A menudo sucede que las ciencias que están por nacer y constituirse abarquen bastante confusamente una pluralidad de objetos diferentes; es el caso, por ejemplo, de la geografía, de la antropología, etc. Pero eso no es jamás sino una fase transitoria en el desarrollo de las ciencias;

3° Finalmente, la ciencia estudia esos hechos para conocerlos, y solamente para conocerlos, de manera absolutamente desinteresada. Nos servimos a propósito de esa palabra un poco general y vaga, conocer, sin precisar de otro modo en qué puede consistir el conocimiento llamado científico. 

Poco importa, en efecto, que el sabio se consagre a constituir tipos más bien que a descubrir leyes, que se limite a describir o que busque explicar. La ciencia comienza desde que el saber, cualquiera que sea, es buscado por sí mismo. El sabio sabe, sin duda, que sus descubrimientos serán susceptibles, muy verosímilmente, de ser utilizados. Incluso puede ser que dirija sus investigaciones, preferentemente, hacia tal o cual punto porque presiente que así ellas serán más provechosas, que permitirán satisfacer necesidades urgentes. Pero, en tanto que se entrega a la investigación científicas desinteresa de las consecuencias prácticas. Él dice lo que es; comprueba lo que las cosas son, y a eso se atiene. No se preocupa por saber si las verdades que descubre serán agradables o desconcertantes, si es bueno que las relaciones que establece queden como son, o si valdría más que fuesen de otra manera. Su papel consiste en expresar lo real, no en juzgarlo. Establecido esto, no hay razón para que la educación no se convierta en objeto de una investigación que satisfaga todas esas condiciones y que, en consecuencia, presente todos los caracteres de una ciencia.

En efecto: la educación que se aplica en una sociedad determinada y considerada en un momento determinado de su evolución, es un conjunto de prácticas, de maneras de hacer. No son, como se lo ha creído durante mucho tiempo, combinaciones más o menos arbitrarias y artificiosas, que no deben su existencia sino a la influencia caprichosa de voluntades siempre contingentes. Constituyen, por el contrario, verdaderas instituciones sociales. No hay hombre que pueda hacer que una sociedad tenga, en un momento dado, otro sistema de educación que el que está implicado en su estructura, de igual modo que es imposible para un organismo vivo tener otros órganos y otras funciones que los que están implicados por su constitución. Si a todas las razones que fueron dadas en apoyo de esta concepción hay necesidad de agregar otras, es suficiente tomar conciencia de la fuerza imperativa con que esas prácticas se imponen a nosotros. La opinión nos las impone, y la opinión es una fuerza moral cuyo poder compulsivo no es menor que el de la fuerza física. Prácticas a las que ella presta su autoridad son sustraídas, por eso mismo, en buena medida, a la acción de los individuos. Podemos, sin duda, contravenirlas, pero entonces las fuerzas morales contra las que nos sublevamos así, reaccionan contra nosotros, y es difícil que, a causa de su superioridad, no seamos vencidos. 

De tal modo que podemos rebelarnos contra las fuerzas materiales de que dependemos; podemos intentar vivir de un modo diferente al que implica la naturaleza de nuestro medio físico; pero la muerte o la enfermedad son el castigo de nuestra rebelión. Del mismo modo, estamos sumidos en una atmósfera de ideas y de sentimientos colectivos que no podemos modificar a voluntad; y es sobre ideas y sentimientos de esa clase que descansan las prácticas educativas. Ellas son, pues, cosas distintas a nosotros, puesto que nos resisten, realidades que tienen por si mismas una naturaleza definida, indiscutible, que se impone a nosotros; y que, en consecuencia, puede dar lugar a que se la observe, a que se busque conocerla con el solo fin de conocerla. Por otra parte, todas las prácticas educativas, cualesquiera que sean, cualquiera sea la diferencia que haya entre ellas, tienen en común un carácter esencial: todas resultan de la acción ejercida por una generación sobre la generación siguiente con el fin de adaptar a ésta al medio social en el que debe vivir. Son, pues, todas modalidades diversas de esa relación fundamental. En consecuencia, son hechos de una misma especie, dependen de una misma categoría lógica; pueden, pues, servir como objeto de una sola y misma ciencia, que sería la ciencia de la educación. No es imposible indicar desde ahora, con el solo fin de precisar las ideas, algunos de los principales problemas que tendría que tratar esta ciencia.

 

Related Post