
La complejidad creciente de la vida ciudadana, la disminución de los espacios disponibles en las casas para el juego y la tarea de los niños, crea de continuo en muchísimos hogares problemas a veces insolubles, que se traducen en situaciones de nerviosismo que no sólo perjudican la salud de los pequeños, sino que disminuyen grandemente su rendimiento escolar.
Atentos a tales razones, muchos países han creado una institución paralela a la escuela común: la postescuela. Esta institución no representa una prolongación de la escuela primaria, sino que, funcionando a veces en los mismos locales especiales, se preocupa por cumplir dos finalidades esenciales: disciplinar al niño en cuanto al cuerpo y desarrollar sus aptitudes artísticas o de trabajo. La postescuela es, de este modo, una institución donde se da al niño la adecuada formación física que no puede tener en la escuela propiamente dicha: deportes (natación, basquetbol, etc.), y una orientación estética y literaria. Los niños reciben enseñanza de artes plásticas y manuales (dibujo, pintura, cerámica, decorado, etc.), y se les ejercita en la lectura de buenos textos y en la redacción de diarios murales, revistas infantiles, etc. Con estos medios se logra encauzar hacia fines culturales la actividad propia de la infancia y, al mismo tiempo, se realiza intensa profilaxis de higiene mental a través del trabajo y de la actividad racionalizada. En algunas circunstancias, cuando el niño requiere una ayuda postescolar para suplir deficiencias leves en el aprendizaje, la postescuela llena también este papel, con lo cuales consigue una adecuación completa del niño al ambiente escolar.
La postescuela representa, en las grandes ciudades verdadera válvula de escape para los apremios de espacio del hogar, a la par que una elevación del nivel cultural general. Arrebata a los niños de la calle y los encamina hacia actividades útiles, avivando en ellos, al mismo tiempo, la capacidad de emulación y la admiración y el respeto por lo bello.
ESCUELA PARA PADRES
Alguien dijo, sintetizando literariamente un concepto intuido por todos, que “el educador debe ser educado”, o expresado, en otros términos: que todos aquellos que de una manera u otra tienen parte en el quehacer educativo, deben recibir una preparación adecuada a los adelantos de la pedagogía, la psicología y demás ciencias del hombre, para poder ejercer su misión con mayores probabilidades de éxito. La escuela, con todas las instituciones que le son afines, cumple con esos requisitos en los países culturalmente desarrollados, pero a menudo se subestima un factor importantísimo en el camino de la formación cultural, moral y psíquica de los niños: los padres. En efecto, las horas que el pequeño pasa en las aulas no pueden competir en número con las que transcurren en el hogar; además, cuando el niño ingresa en la escuela, ya lleva varios años de formación en el seno familiar. El resultado es que muchísimas veces, y siempre con las mejores intenciones, la familia, por desconocimiento de preceptos básicos de pedagogía, de psicología y de higiene mental, actúa deformando y con la creencia de que cumple bien con su deber de educar a los hijos.
Esta situación, comprendida por todos los maestros, ha terminado por encontrar su solución en una iniciativa que, nacida en Francia hacia 1925, ha terminado por extenderse en Europa y América: la escuela para padres. Naturalmente, ésta no significa la existencia de una institución clásica, con sus clases, promociones y horarios, sino que representa una actividad de extensión cultural desarrollada por especialistas a través de conferencias, charlas, mesas redondas, etc., donde se escucha el planteo teórico de los problemas, se discuten las aplicaciones prácticas y se llega a soluciones que interesan por igual a todos los asistentes. Por lo común se procede de la siguiente manera: un problema general, o particular, planteado por alguno de los presentes, es desarrollado y resuelto en una sola reunión, de manera que todos reciben la enseñanza oportuna.
A fin de expresar ideas claras y correctas el lenguaje ha de ser también claro y correcto, y a este principio deben ajustarse los profesores de las escuelas para padres. Además, hay que tener en cuenta, el nivel mental de los oyentes y, por lo tanto, una misma clase debe ser repetida para diversos tipos de padres: intelectuales, clase media, obreros, etc. De esta manera se logran los verdaderos fines de tal divulgación de conocimientos: que todos puedan llegar a una exacta comprensión de los problemas educativos y a ser verdaderos colaboradores de la escuela. Con ellos se evita el divorcio tan común entre hogar y escuela, que redunda en perjuicio del niño.
Estas escuelas para padres propiciadas en muchos lugares por la universidad, cuyos profesores se brindan tesoneramente a contribuir con sus conocimientos, en forma práctica y accesible a todos se ocupan, por ejemplo, de temas como los siguientes: “El niño que debe hacer los deberes en la casa”, “La joven esposa que teme el embarazo”, “El padre que delega toda la responsabilidad de la educación en la madre”, “La tragedia del hijo único, cuando los padres dramatizan la situación”, aparte de otros referentes a problemas médicos y sociales.
En Italia, donde las escuelas para padres han adquirido grandísimo desarrollo, se han realizado verdaderas estadísticas con referencia a los temas que más interesan a los padres de cada región, lo cual permite comprender sus necesidades culturales y al mismo tiempo centrar en ellas el grueso de la enseñanza.
Las reuniones de escuelas para padres se realizan en las universidades, colegios, escuelas y salones culturales, preferentemente los días feriados, o los días hábiles, pero en horas que se consideran las más propicias para una concurrencia que no perturbe las tareas hogareñas o del trabajo. En algunas partes se preparan maestras especializadas que llevan al interior, a los poblados pequeños o al campo, la enseñanza que de otros modos sólo es factible brindar en las grandes ciudades.



